La famosa frase de Clausewitz, “la guerra es la continuación de la política por otros medios” fue correcta en el tiempo cuando las guerras estaban sujetas a leyes. Pero al contemplar las guerras de nuestro tiempo, no lo es. Las guerras de hoy no son regulares. Si miramos hacia el Gaza o hacia Ucrania, por ejemplo, veremos que el aniquilamiento de la población civil no puede ser considerado parte del inventario de los llamados “daños colaterales” pues los objetivos de los drones y misiles – a diferencia de los cañones del siglo XlX – apuntan con premeditación a la población civil como si esta fuera el principal objetivo de guerra. Esa, en los tiempos de Clausewitz, habría sido una irregularidad. Pero ahora es una regularidad (guerra de exterminio). Los mercados, las estaciones, los paseos, las escuelas, los edificios residenciales, incluso los hospitales, han pasado a ser objetivos de combate, hasta el punto que los ucranianos afirman con humor negro que, cuando los rusos derriban un avión de guerra, dicen: se produjo un “daño colateral”. Eso no es continuación de la política. Eso es pura barbarie.
Tampoco podemos decir que la guerra es la continuación de la política por otros medios si consideramos que entre Ucrania y Rusia nunca hubo política, como tampoco la hubo entre Rusia y los países alineados en la OTAN. La verdad, nunca antes de la invasión a Ucrania hubo algún problema entre Rusia y la OTAN.
La Paz por ahora no pasa por la OTAN
No conocemos hasta ahora ningún documento donde se diga que Putin reclamaba la disolución de la OTAN, entre otras cosas, porque ya antes de la guerra a Ucrania, la OTAN -fundada para cumplir objetivos que derivaban de la Guerra Fría- se encontraba en una crisis de identidad -crisis terminal, la llamó Macron- apuntalada solo por los EE UU para cumplir objetivos extraeuropeos como sucedió en Afganistán, Libia e Irak en la llamada lucha contra el terrorismo a la que se sumó Putin para apoderarse del gobierno sirio y convertir a esa nación, bajo la tiranía de Assad, en un condominio militar ruso.
Hasta 2011 Putin era pro-OTAN. De ahí que, invirtiendo la tesis de los amigos occidentales de Putin, la que dice que Rusia avanzó sobre Ucrania porque se sentía amenazado por la OTAN, carece de validez historiográfica. Más bien fue al revés: Putin avanzó hacia Ucrania porque estaba convencido de que esa OTAN, sin estrategia política y sin objetivos definidos, era absolutamente inoperante.
No fue entonces la presencia de la OTAN sino su ausencia la razón que envalentonó a Putin a apoderarse de Ucrania (no olvidemos: su primera avanzada, antes de que fuera detenido por las tropas ucranianas, fue en dirección a Kiev).
Ahora bien, si insistimos tanto en este punto, no solo ahora, también en diversos textos, a saber, que la presencia de la OTAN no tiene nada que ver con la supuesta amenaza de la OTAN a Rusia, es por una razón muy sencilla: la guerra a Ucrania habría podido ser detenida en cualquier momento en que los gobiernos europeos hubieran suscrito un documento junto a Putin estableciendo que la OTAN se comprometía a no avanzar hacia Rusia. Sobre ese punto todos los gobiernos europeos, sin excepción, estaban de acuerdo, y así lo hicieron saber a Putin, Emmanuel Macron y Olaf Scholz, en constantes entrevistas y telefonazos.
La verdad, a Putin nunca interesó la llamada ampliación de la OTAN. No conocemos ninguna exigencia del gobierno ruso, ni antes ni durante la guerra a Ucrania, relativa ese tema. Más todavía, en los recientes días, entre las múltiples condiciones puestas a a Trump, Putin tampoco se ha referido a ese tema, aparte de que una condición sería que Ucrania no sea miembro de la OTAN, punto en el que hasta Zelenski parece estar de acuerdo. En palabras simples: las negociaciones sobre la paz entre Putin y Trump no pasan ni pasarán por la OTAN.
Hacia una nueva Yalta
El tema central es el de las garantías de seguridad que deberán ser concedidas a Ucrania. Lavrov -cosa rara en él– ha sido claro. En la implementación de esas garantías, Europa, según el ministro ruso, no tiene nada que hacer. Las garantías, en su opinión, deben ser formuladas y firmadas por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas al que pertenecen Rusia y China con derecho a veto, lo que significa que cualquier acuerdo contrario a los propósitos de Putin podrá ser vetado. Bajo esa condiciones, los términos de la paz deberán ser impuestos por Rusia y China. Así, por supuesto, no se avanza hacia la paz.
Tienen razón los gobiernos europeos: sin la participación del mayor afectado, el gobierno de Ucrania, ninguna resolución puede ser válida, más todavía si se tiene en cuenta que esa supuesta paz sería hecha sobre la base de una repartición territorial donde los dueños del territorio en disputa carecen de voz y voto. “Intercambio territorial” lo llama Trump, como si se tratara de un negocio inmobiliario, y ahí uno se pregunta con dolorosa ironía ¿Cuánto territorio ruso será parte de Ucrania en esa repartición? Tampoco se sabe que, si bien la guerra de Putin a Ucrania es territorial, sus objetivos principales sean solo territoriales. Como ha formulado Richard Hass (asesor de la Secretaría de Estado norteamericana), el objetivo de Putin “no es más territorio per se, sino el fin de Ucrania como país democrático e independiente con estrechos vínculos con Occidente, y no ha mostrado ninguna disposición a conformarse con menos”
Una nueva Yalta, es lo que quiere Putin, afirma con toda razón la escritora ruso-americana Masha Gessen, rememorando el gran acuerdo de febrero de 1945 cuando Rusia, los Estados Unidos y el Reino Unido se repartieron el mundo de posguerra, cuyos acuerdos fueron cimientos donde se basó el orden geopolítico mundial que prevaleció durante toda la Guerra Fría. Pues bien, ese orden está llegando a su término y deberá ser sucedido por otro orden determinado por los tres imperios de nuestro tiempo, más sub-imperios tributarios de los primeros. Desde esas perspectivas, la repartición de Ucrania sería para Putin, y al parecer también para Trump, la primera partida de un juego de reparticiones que recién está comenzando. Un juego que parte en Ucrania pero abarca diversas regiones del mundo. Un juego, en fin, que será decidido por guerras y luego por acuerdos. Los relativos a Ucrania solo serían un primer capítulo. Trump, visto así, no está tan loco como parece cuando reclama para sí Alaska y, si es posible, Canadá. En la nueva repartición del mundo, Trump no quiere quedarse atrás. Putin tampoco y, mucho menos, Xi. El mundo será convertido en una torta. No solo Ucrania, muchos territorios deberán ser re-repartidos.
Un conglomerado Anti-Democrático mundial
Los que vienen, no se necesita ser adivino para augurarlo, serán tiempos de guerra. “Guerra mundial fragmentada” la llamó con exactitud politológica el papa León XlV. La guerra a Ucrania, por ejemplo, no es (todavía) una guerra mundial. Pero sí es una guerra de connotaciones mundiales. Como el mismo Putin ha proclamado, la que tiene lugar es una guerra en contra de Occidente, entendiendo por Occidente -desde que Trump capituló en Ucrania- a Europa. Putin está en guerra contra Europa aunque Europa no está en guerra contra Putin, esa es la dura realidad del momento. Por eso Putin no quiere la paz. Si no se apodera de Ucrania difícilmente podrá continuar su guerra a Occidente, cadena de la cual Ucrania es solo un eslabón. Pues bien, Putin está seguramente convencido de que esa guerra la está ganando. La guerra, por lo tanto, solo podrá terminar, cuando termine de ganarla o cuando deje de pensar que la está ganando.
Desde el punto de vista estrictamente militar es cierto que las ganancias territoriales rusas en Ucrania, en tres años de guerra, son modestas: una parte de la región del Dombás y muy poco más. Pero desde el punto de vista estratégico sus ganancias han sido considerables.
A diferencias de Clausewitz, Putin no piensa que la guerra es la continuación de la política por otros medios, pero sí que la guerra es parte de la política, por lo menos de la internacional. O lo que es lo mismo, para Putin la política es su geopolítica. En ese sentido Putin ha logrado acorralar geopolíticamente a Occidente, lo que se hace más evidente desde que Trump y Vance llegaron al poder. Gracias a su guerra, Rusia ha logrado ganar mucho más espacios políticos que Occidente.
En contra de lo que delata la ingenuidad de algunos observadores, la guerra a Ucrania no ha aislado a Rusia. Más bien ha sucedido lo contrario. El mapa mundi no miente. Rusia es parte de una enorme alianza internacional. Cuenta con el apoyo de China, de India, de Irán, de Sudáfrica, de Brasil, de las fuerzas que representa JD Vance en los Estados Unidos y de casi todos los regímenes dictatoriales del mundo a los que hay que sumar los partidos políticos pro-putinistas de “derecha” e “izquierda” que corroen las democracias occidentales desde sus propios interiores, sobre todo en Europa.
No nos engañemos: la correlación internacional de fuerzas favorece en estos momentos más a Rusia que a Europa y precisamente esa correlación es la que ha sido descubierta por Lavrov cuando propone que la ONU se convierta en árbitro internacional sobre el tema ucraniano.
Lo hemos repetido en diversas ocasiones: las democracias se encuentran a la defensiva y no a la ofensiva, como parecía ocurrir después que el imperio comunista se vino abajo. Si aceptamos esa realidad, los intentos de los gobiernos europeos para imponer más sanciones económicas y políticas a Rusia resultan ridículos. ¿Qué puede importar a Putin las sanciones que provienen de Europa si tiene a su lado al imperio chino, la mayor potencia económica del planeta? Pues bien, ese agrupamiento de fuerzas mundiales la ha logrado Rusia no pese sino gracias a la guerra a Ucrania.
Para enfrentar a ese conglomerado antidemocrático mundial del cual China es su vanguardia económica y Rusia su vanguardia militar, se requiere -como ocurría en los tiempos pre-trumpistas – de una unión estrecha entre Estados Unidos y Europa la que ahora es todo, menos estrecha.
Trump, al cambiar su papel de enemigo de Rusia por el de un pacífico mediador ha abierto un enorme boquete en el barco occidental.
Antes de la Guerra Fría el conflicto mundial era entre monarquías y repúblicas. Durante la Guerra Fría era entre comunismo y capitalismo. Después de la Guerra Fría, Biden intentó transformarlo en un conflicto entre democracias contra autocracias. Bajo Trump no existe un único conflicto mundial: existen muchos conflictos lo que deben ser resueltos por separado en aras de una nueva repartición del mundo entre los tres grandes imperios y los sub-imperios que los secundan. A esa visión ajusta Trump su geopolítica (suponiendo que la tenga).
Por un alto al fuego
Los gobiernos europeos, ante esa nueva constelación, parecen haber encontrado el camino correcto. De hecho, frente a la ofensiva ruso-china, han adoptado una vía defensiva. Por un lado buscan disuadir a Trump y a su gobierno, mostrando que hacer más concesiones a Rusia no ayuda sino, en una era del “retorno de los imperios” (Münkler) perjudica a las propias pretensiones económicas de Trump. Por otro lado han decidido convertir a Europa en un bastión militar –la verdad, no tenían otra alternativa- en condiciones de resistir una embestida rusa. De igual manera, también en diferencia con el dictamen de Clausewitz, no buscan sustituir a la política por la guerra sino incrementar las alianzas políticas más allá de Europa, sobre todo en el Indopacífico. Todos los gobiernos democráticos de Europa están de acuerdo, por ejemplo, en que cualquier diálogo hecho a espaldas de Europa y, sobre todo de Ucrania, carece de validez, más si se considera que ha sido el mismo Putin quien ha declarado la guerra a Europa. Por último, los gobiernos europeos han llegado al convencimiento de que prepararse, si no para una guerra perpetua, para una guerra larguísima, pasa por un periodo surcado por muchas guerras. Los elevados montos destinados a la defensa y a la seguridad, la intensificación del servicio militar obligatorio para ambos sexos, y la adaptación de nuevas tecnologías en la estructura militar, son signos que muestran un cambio de los tiempos en la antigua Europa.
Seámos serios: Un acuerdo de paz duradera no es divisable en el horizonte político. Eso explica por qué los gobiernos europeos han llegado al convencimiento de que exigir la paz a todo precio no lleva a ninguna parte. La alternativa es otra: propiciar periodos en los cuales puedan mantenerse conversacione en lapsos breves donde la hegemonía de las palabras prime por sobre la de las balas. En el marco de un alto al fuego los interlocutores negocian y a la vez establecen puntos que bajo ningún aspecto pueden ser negociables.
Menos que seguir al militar Clausewitz, los europeos siguen al filósofo Kant, quien en su libro “Paz Perpetua” señala la importancia de los armisticios como medios que pueden llegar a hacer posible el fin de una guerra. En un armisticio, los enemigos conversan y por este solo hecho “hacen política”. Kant, evidentemente, tenía razón. Exigir el fin de la guerra en circunstancias en donde las aspiraciones de los principales enemigos están lejos de ser cumplidas, puede ser contraproducente, argumenta el ya citado Richard Hass.
Un alto al fuego en la perspectiva kantiana, que es también la de Hass, no significa el fin de la guerra sino abrir un paréntesis al interior de una guerra. Delata de por sí el hecho de que una paz en estos momentos es inalcanzable. Pero a la vez introduce gotas de politicidad en una confrontación regida por el salvajismo desatado, como es el de Putin.
Putin, quien se ha dado cuenta que, para sus intenciones un alto al fuego puede ser contraproducente, se ha dedicado a boicotear esa posibilidad bombardeando intensamente a Ucrania justo en los momentos en los cuales Trump anunciaba un alto al fuego por ambos lados. Pues bien, precisamente porque a Putin no conviene un alto al fuego es necesario presionar en esa dirección y no hacia una paz abstracta que nadie sabe como ni donde puede aparecer. La política, tanto la internacional como la nacional, a diferencias de las utopías, tiene los pies muy cortos y debe ajustarse a su condición.
¿Presionar? ¿Cómo? Por una parte, con el aumento de los dispositivos militares en Ucrania y en Europa; eso está claro, aún para Trump. Por otra, teniendo en cuenta de que la contradicción entre autocracias y democracias ya no es fundamental como quiso establecerla Biden, se trataría de buscar dentro del enorme espacio no democrático del mundo, algunos interlocutores que, si bien apoyan a Putin, no están en ningún modo entusiasmados por mantenerse encerrados en los marcos de una “guerra perpetua”. Uno de esos interlocutores es China, un país que apoya a Putin pero que a la vez no puede estar interesado en que Putin destruya a las economías occidentales que son a la vez las fuentes en donde bebe el crecimiento económico chino.
Saber dialogar con amigos no es muy difícil. Saber dialogar con los enemigos es un arte occidental que no puede ser olvidado. En algunas ocasiones, ha dado excelentes resultados.
Dialogar con el enemigo: eso es la política
Fernando Mires
REFERENCIAS
Richard Hass – ARGUMENTOS PARA UN ALTO AL FUEGO EN UCRANIA
Masha Gessen – LAS NEGOCIACIONES ENTRE UCRANIA, RUSIA Y EE. UU. NO SOLO LO QUE PARECEN
Fernando Mires – EUROPA BUSCA SU RENACIMIENTO POLÍTICO