Venezuela se nos ha convertido en un reto constante que pone a prueba la fuerza que tenemos para hacer frente a los problemas que implica vivir en un país que atraviesa una de las mayores crisis humanitarias de su historia como república. Hay problemas diarios que tenemos que resolver como la supervivencia en medio de una inflación que no da cuartel a los venezolanos, el colapso de los servicios públicos, la falta de empleo y la presión que ejerce sobre los ciudadanos un régimen autoritario que entiende la crítica como subversión y el malestar social como síntoma de una conspiración.
En paralelo a estos problemas diarios, se van consolidando otros en apariencia menos urgentes, pero más insidiosos, que afectan nuestro futuro como país. Hablamos de la educación. Por lo general, cuando leemos sobre este tema, nuestro interés y solidaridad se dirige a un gremio ignorado por la administración pública, sometido a salarios de hambre, expoliado en sus reivindicaciones históricas con la aplicación del llamado Instructivo Onapre (que suprime todos los logros obtenidos por los sindicatos educativos) y acosado por los cuerpos de seguridad del Estado cada vez que salen a la calle a protestar. Sin dejar de solidarizarnos con nuestros maestros, próceres de una causa que a efectos prácticos el régimen considera perdida, hay otros aspectos que no podemos dejar de lado: hablamos de la calidad de la educación que alcanza a impartirse en Venezuela.
A través del esfuerzo de ONG, especialistas y universidades y en medio de la ausencia de estadísticas oficiales, hemos podido confirmar lo que han alertado durante años los padres y maestros, las carencias de conocimientos y habilidades de nuestros chamos que logran graduarse. Limitadas capacidades en la lectura e interpretación, escasa a nula formación en matemática, física y química, un pénsum desfasado, conocimientos deformados de historia y humanidades son algunos de los rasgos de las nuevas generaciones de egresados de nuestros colegios, muchachas y muchachos que tendrán que cargar con el peso de una educación incompleta que les restará oportunidades en la vida, que no les servirá en la toma de decisiones claves en su futuro, que les hará más difícil ocupar un trabajo formal y que dificultará su tránsito por las universidades convertidas, algunas de ellas, en centros de educación superior que deben disponer de cursos especiales y en oportunidades hasta grados formativos adicionales dentro de una carrera, para intentar dar oportunidades a los nuevos estudiantes.
Buena parte de la educación pública que logra impartirse en Venezuela no sólo es de baja calidad, sino que en muchos casos es incompleta, un mosaico pedagógico donde el Estado, por su negligencia, ha arrancado piezas haciendo irreconocible la imagen. El llamado Estado docente, uno de los compromisos más importantes de nuestro período democrático, se ha diluido hasta convertirse en una taquilla de un ministerio donde se recogen títulos de bachillerato con valor legal, pero sin una educación real que acompañe el documento.
Lo más alarmante es que en medio de esta crisis, los poderosos que nos gobiernan utilizan la educación con fines proselitistas. En cada congreso que convocan es aprovechado para atacar a sus críticos, reflexionar sobre ideologías, abrir debates sobre temas que no tienen que ver con la crisis del sector y hacer un esfuerzo por ideologizar a nuestros chamos. La escuela pública venezolana parece ser, según la perspectiva de Miraflores, un nuevo «coto de caza» donde reclutar a una nueva generación de militantes revolucionarios, un espacio donde el régimen busca reflotar su popularidad, un punto de encuentro de consignas y promesas de campaña que no tiene nada que ver con lo que ocurre en la escuela. Al parecer el régimen, famélico de apoyos, pretende usar el aula del colegio en un espacio del partido de gobierno donde la lealtad al líder sea un valor más importante que los conocimientos que se transmiten.
El estado de la educación venezolana es, sin duda, el legado más importante y doloroso que nos va a dejar la revolución bolivariana, una de las razones que nos animan a seguir trabajando por el cambio pacífico y democrático que queremos la mayoría de los venezolanos.
Roberto Patiño es cofundador de Alimenta La Solidaridad y de Caracas Mi Convive.
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