Elías Pino Iturrieta: Para un reencuentro venezolano

Elías Pino Iturrieta: Para un reencuentro venezolano

Si estamos en el subsuelo republicano la culpa es de nosotros. Cuando, por ejemplo, se busquen las razones del disparate chavista, debemos recordar que se debe a una responsabilidad colectiva. Así he tratado de explicar muchas de nuestras cosas venezolanas desde hace tiempo, para no buscar la paja en el ojo ajeno después de eludir motivaciones propias e indiscutibles. Sigo pensando que no hay manera de sacar el bulto como sociedad cuando se hace el inventario de las tragedias nacionales, pero un libro como el que acaba de publicar Diego Bautista Urbaneja propone una explicación más indulgente. No solo más indulgente, sino también más ecuánime y muy digna de atención.

Se trata de Venezuela, siglo XX. Un relato para el reencuentro (Editorial Alfa), cuyas páginas se detienen en hitos que habitualmente pasan inadvertidos frente a los ojos de las mayoría. Hitos no son batallas trascendentales como las que usualmente trajina la historiografía, ni fenómenos debido a cuya estatura nadie puede darse el lujo de ignorar, aunque carezca de pupitre y lupa. Diego Bautista Urbaneja sigue la pista de fenómenos puntuales que forman parte de desenvolvimientos mayores, pero que han sido capaces de poner cimiento sólido a nuestra vida del siglo XX y gracias a los cuales se demuestra la existencia de un plan colectivo de convivencia del cual debemos enorgullecernos por razones obvias.  Desentraña esos hitos para que nos acerquemos colectivamente, para que nos reconozcamos con satisfacción. Sobre tal cometido no hay otro remedio  que el de mirarnos en un espejo que nos hace, a los venezolanos de todas las procedencias, más conscientes de los entuertos comunes y harto oportunos cuando se deben superar los escollos.

Recordemos algunos de tales hitos, para que se aprecie más cabalmente la intención del autor. Los hechos de la generación del 28, debido a que le proponen a la sociedad un escenario urbano que no había tenido importancia hasta entonces. El Reglamento de la Ley de Hidrocarburos de 1928, que implica, durante el gomecismo, la primera toma pública de responsabilidad sobre una industria petrolera que las trasnacionales manejaban a su antojo. Los sucesos callejeros del 14 de febrero de 1936, que proponen formas de lucha política que no habían existido hasta entonces. El artículo de Arturo Úslar Pietri, también de 1936  y titulado “Sembrar el petróleo”, por la atención que propone sobre la obligación de aprovechar  una riqueza que no sería infinita, según el autor, y por los debates que origina. La fundación del partido Acción Democrática en 1941, por la transformación de los hábitos políticos y de la comunicación de asuntos relativos al bien común que sucede en adelante, con el pueblo en la vanguardia como jamás antes. Las leyes de materia petrolera suscritas entre 1942 y 1943, que dan un giro trascendental en el control de los hidrocarburos por el estado venezolano. El Pacto de Puntofijo, suscrito en 1958, que ofrece fundamento al desarrollo democrático que comienza entonces en medio de terribles desafíos. La política de no concesiones puesta en práctica a partir de 1960, un anuncio que no solo significa poner límites a los planes de las compañías extranjeras sino también el anuncio de expectativas extraordinarias para el sector público. El inicio de la actividad guerrillera entre 1961 y 1962, que termina por fortalecer el piso de la democracia representativa. La pacificación puesta en marcha desde 1968, debido a la cual se llega a una concordia capaz de marcar  la política de las décadas siguientes. El boom de 1978, susceptible de poner las cosas patas arriba como pocos esperaban. El vienes negro de 1983, conmoción de costumbres y señal de la realidad que conduce a desarrollos incómodos. La elección de gobernadores y alcaldes, sucedida a partir de 1989 y concesión de un  centralismo que no quiere desaparecer. El 4 de febrero de 1992, por razones obvias.

Venezuela siglo XX se detiene en otros hitos. Ahora apenas se han mencionado unos pocos, para que se tenga idea de cómo mira las cosas el autor al buscar y  encontrar episodios que fueron fruto de un desarrollo compartido por la sociedad que determinó la hechura de una fábrica solvente, de un trabajo compartido o dirigido con lucidez para evitar naufragios, o problemas ineludibles cuya superación cuesta trabajo. Son repentinos en apariencia, pero vienen de desarrollos anteriores. Parecen criaturas de la cúpula, pero la sociedad los empujó con anterioridad y los echó del juego cuando consideró conveniente. El libro los explica y describe, pero no los califica. Los deja para que los asumamos como parte de nuestra vida, es decir, como evidencias de una historia digna de atención.

Estamos, en suma, ante una fecunda reflexión profesional, pero también frente a la consecuencia de un afecto evidente por lo que hemos hecho en nuestros días como sociedad. Un aporte muy necesario en tiempos de furias, intolerancias y juicios airados como los que vivimos. Ojalá nos atempere.

Elías Pino Iturrieta

Artículo publicado en La Gran Aldea

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