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La vida de Esterlinda Rodríguez es vender carbones

E l negro del carbón tiñe su piel, sus uñas, sus párpados, sus cabellos cenizos, es una delgada y pegachenta capa, ese polvillo es y ha sido siempre parte de su vida, está impregnado en ella, el carbón le ha traído dichas y también desdichas. Nació cerca del carbón, en la calle La Carbonera del Centro; por el carbón, dice, perdió una pierna, el carbón le da de comer todos los días, pero también le da algo qué hacer para no ‘tullirse’ entre los años y el ocio.

El rostro de Esterlinda Rodríguez de Terán está sucio de carbón. La vi hace varios años ahí, en 2010, en esa misma esquina polvorienta de la carrera 26, en el Mercado de Bazurto. Esa vez luchaba con los suyos para que el pequeño gremio de vendedores de carbón, del que hace parte, no fuera reubicado. Hoy la vuelvo a encontrar ahí, en la misma esquina, sentada de la misma forma, ahora en el suelo mugriento y rodeada de carbones, en costales, en bolsas regadas en el piso. Es su mercancía y también su forma de vivir.

“Nací en el Centro de Cartagena. Viví en Chambacú, soy chambaculera, de ahí salí cuando tenía 21 años. Sacaron a la gente como perros, hasta volquetas les metieron en sus casas, 4 mil y 5 mil pesos le daban a la gente por sus casas. A mí me dieron $4 mil por mi rancho. Me fui directo para Olaya, calle Colombia, allá viví 45 años. Como me mataron a un sobrino y se me murió mi mamá ahí, me mudé, ahora vivo en la calle 43 de La María. Gracias a Dios estamos para’os en la raya”, me explica. ¿Cómo la vida te pone en ese sitio, cómo Esterlinda llegó hasta ese lugar que ocupa cada día?

“Mi mamá, Benancia Pérez, vendía carbón en el mercado viejo de Getsemaní. Casi me que me parió en una carretilla en la Calle de La Carbonera, terminé de nacer en el hospital (el 21 de marzo de 1950). Hice hasta tercero elemental (…) Cuando crecí ayudaba a mi mamá a vender carbón”, responde ella, sin embargo, me dice que no toda su vida “ha sido eso”: vender carbón. “Cuando tenía mi pierna vendía pescados, plátanos… Vendí de todo. Esto (mira los carbones que la rodean) me dio mala circulación, porque eso guarda calor y yo todo el día llenaba sacos y sacos de carbón, luego me metía a bañarme sin reposarme”, comenta y ahora señala al fantasma de su pierna izquierda, acaricia su muñón, calla por segundos y sigue: “Tenía mala circulación, me llevaron al Hospital Universitario y primero me afectó los dedos del pie. Me sacaron unas venas de una pierna para ponérmelas en la otra -me muestra sus cicatrices-, pero luego eso no sirvió y me cortaron la pierna (izquierda)”, recuerda y culpa de los males en su extremidad al calor del carbón y a su trabajo de llenar y cargar costales con el mineral, aunque no existe prueba fehaciente de que sus padecimientos se hayan originado por ello. “La pierna se le pudrió, así como se pudre una herida, solo que ella no tenía heridas, tenía su pierna sana”, describe Denis Pérez, una prima y también vendedora de carbón.

Vivir del carbón “Mi esposo, José Luis Terán De Ávila, murió hace 20 años de cáncer. (Dos años después) El mismo día que fuimos a sacar sus restos para ponerlos en un nicho, me dio lo de la pierna. No volví a caminar, duré enferma seis meses, me puse flaquita, no pudieron salvarla al final. Gracias a Dios, más nunca he ido al médico por eso, ahora vivo trabajando y trabajado”.

-¿Cómo hizo para seguir trabajando con carbón?

– Bueno… ¿qué más iba a hacer yo?

-¿Y no tuvo hijos?

Uno solo, pero murió chiquito, de días de nacido.

De inmediato aclara que tiene muchos sobrinos y que sus hermanos eran doce, pero ahora solo quedan seis, incluyéndola a ella. “Mis sobrinos me adoran, crié a 12 con el esposo mío, pero como ya están grandes ya se han ido, otros vienen aquí a saludar. Hay en San Andrés, en Bogotá, en San Cayetano…”.

El carbón que llega para venderse en el Mercado de Bazurto proviene de poblaciones cercanas como Bayunca, Arroyo Grande y Punta Canoa, entre otras. Hay varios miembros de la familia de Esterlinda que viven del él. Sus clientes, en su mayoría, son otros comerciantes de la central de abastos, pero también hay gente que llega de afuera a surtirse ahí. “Yo estoy aquí, en el mercado, hace 41 años. Llego desde las cinco de la mañana, en moto (mototaxi), vengo todos los días, a no ser que esté enferma, incluso cuando cierran el mercado vengo a ver cómo lo limpian. Prefiero venir siempre que quedarme en casa. No quiero tullirme.

“El sargento Arévalo, un policía, nos quitó de un primer lugar donde estuve y un oficial caleño luego nos puso aquí. Tengo más de 30 años aquí. El día a día es bien, porque estamos vivos, estamos con Dios“, sostiene.

Su prima, Denis, comenta que en tanto tiempo nunca han logrado tener o que les ‘asignen’ un local dentro del mercado, como sí lo han logrado otras personas que han llegado incluso mucho después y del interior del país. Por eso venden carbón en plena calle. Los costales están a lado y lado en un pequeño callejón curtido por ese polvillo negro que se esparce en el aire y que todos respiran, todos los días.

Un tipo cargando un saco blanco llega al puesto de Esterlinda. “Son seis frascos”, interrumpe. Pide 20 mil pesos, ella lo transa por $18 mil. Hay venta. Yo me pregunto, qué será eso. Y ella responde antes de que pueda decirle algo: “Es aceite de segunda, lo usan para prepararle comida a los animales. Yo ahora lo vendo por 25 mil y me gano unos pesos”, me explica y acomoda los frascos de aceite negro a un lado suyo.

Días buenos, días malos… – ¿Nunca usó una prótesis?

– Yo mandé a hacer una pero la quedó mal, pesaba mucho, me dolían las caderas. Me la puse una sola vez. Ahora quiero usar una, voy a hacer las vueltas, voy a hablar con una hermana mía para que me ayude.

-¿Y no volvió a casarse?

Preferí estar sola, mi mamá tenía 90 y pico de años y tenía que cuidarla.

– ¿Ahora con qué sueña para su vida?

Tengo la esperanza de que me tiene que ir bien para vivir y levantarme para sostenerme y ya. Y sueño de marido no, porque yo quedé nuevecita con mis dos piernas y no quise nunca buscar marido.

-Y si trasladan al Mercado

– No sé qué vaya a hacer. Santa Rita es un hoyo y El Pozón está muy lejos para mí. Tengo pensado poner cualquier ventecita en casa, he vendido minutos, con una sobrina que crié, para lo que ella necesitara. Ella ya tiene 13 años, pero ahora está en San Andrés.

– ¿Va al médico?

Tengo un problema, hace como cuatro o cinco meses fui a verme este ojo (el izquierdo), me mandaron una orden pero no me atendieron, me dijeron que llamara por teléfono, pero nada. Nunca hay sistema, ahí tengo los papeles guardados, estoy buscando un médico particular, porque mocha y tuerta ahí sí no (risas).

– ¿Y cómo hará con la prótesis?

– No sé, yo tengo una amiga que tiene una como de varillas, me dice que no pesa y que es fácil de usar. Yo tengo mis muletas, pero quisiera una prótesis como esa.

***

La esquina de la carbonera, en la carrera 26 de Bazurto, tiene rostro propio y es el de Esterlinda, arropado del polvillo negro del carbón. Tenía 48 años cuando perdió su pierna, pero no ha dejado de trabajar desde que la vida la golpeó, tampoco se ha alejado del carbón. Ahí su piel está curtida siempre por ese polvillo, hasta cuando llegan las 5 de la tarde y paga 2 mil pesos para ducharse en uno de los baños del Mercado de Bazurto. Entonces queda limpia porque, dice, “el carbón es el mejor sucio que hay, no da mal olor y se quita rápido”. Y se marcha a casa hasta el siguiente día. A su modo, Esterlinda ha encontrado la forma de sobrevivir a las adversidades, de sobreponerse y seguir adelante… Tiene 69 años y no pierde la esperanza de obtener una prótesis, de volver a caminar y de seguir trabajando hasta que sus fuerzas le permitan. “Uno trabajando está mejor, hay personas que están mochas de un brazo y tienen que pedir (dinero), ¿por qué? Uno no puede decir que de este agua no bebo, pero me quedaría maluco salir a pedir plata, prefiero trabajar…

“Hay días que me siento triste (se limpia una lágrima) hay días que me siento bien, todos los días son bonitos, todos los días son el mismo día”.